Entre el olvido y la memoria

Me gustaba contemplar su rostro sereno, plagado de surcos dibujados por el tiempo. Su carita redonda y sus ojos claros eran el marco perfecto de una sonrisa constante y complaciente capaz de despertar en mí los sentimientos más profundos.

Él era grandioso, único, inimitable. Hasta en su último suspiro logró ser discreto, se fue sin hacer ruido y yo, aún hoy, después de tantos años, necesito agarrarme desesperadamente al recuerdo de aquella tierna sonrisa con la que siempre supo envolver mi existencia.

Entre nosotros siempre hubo una relación especial, los dos disfrutábamos haciéndonos compañía. Todo cuanto nos rodeaba era mágico, quizás su contribución genética fuese la responsable, no lo sé, lo único que sé es que junto a él he vivido los momentos más apasionantes de mi niñez.

Tan importante era para mí, tanto llegué a quererle, que estando a su lado y sólo con mirarle, yo era capaz de adivinar el rumor de recuerdos que cruzaban por su mente, y él, en respuesta a mi atención levantaba su vista para premiarme con una de sus maravillosas sonrisas y repetirme muy convencido unas palabras de las que jamás quisiera desprenderme.

Algún día aprenderás a acariciar la textura de un sueño hecho a medida.

Mira, pequeño, aquí dentro –me repetía cada vez que abría uno de sus tesoros–habitan todos los sentimientos que existen en el mundo. Aquí están instalados el amor, la bondad, la avaricia, la venganza, la ambición, la mentira, la inteligencia, la duda, la locura… y lo mejor de todo es que nosotros mismos podemos distribuirlo a nuestro antojo.

–¿Te das cuenta de lo hermoso que puede resultar eso?

El abuelo siempre me hablaba entusiasmado de sus libros mientras yo le observaba sin comprender nada, quizás intuyendo que una realidad más que compleja le estaba obligando a refugiarse en la lectura, buscando abrir la ventana a sensaciones ya olvidadas.

–Abuelo, ¿Por qué te gusta tanto leer? –le pregunté un día–y él con una tenue sombra, mezcla de solemnidad y audacia, me respondió muy bajito… porque me gusta vivir.

–¿Por quéeeee?

Al escuchar su respuesta, mis ojos se abrían desmesuradamente como un abanico de interrogaciones, mientras escrutaba su cara llena de convencimiento.

–¿Abuelo?

Y él volvía a regalarme otra de sus maravillosas sonrisas, a la vez que esbozaba una explicación que a mí no terminaba de convencerme.

–Pequeño,  algún día lo entenderás.

De esa forma, desconcertante para mí, daba por concluida la conversación, dejándome con la miel en los labios y la intriga carcomiendo mi curiosidad.

Hoy, al cabo de los años puedo darme cuenta del gran esfuerzo que le exigía trazar la línea de su propia meta.

Cada día, como si de un ritual se tratase, se cobijaba en una pequeña biblioteca que él mismo había construido, aquel era su paraíso particular.

Recuerdo nítidamente cómo, tras los cristales de sus gafas, una mirada ávida recorría toda la estancia, para terminar siempre posándose sobre una repisa torneada en la que se apoyaban sus libros favoritos. En un lado de la estantería había un tomo de mayor tamaño que los demás, con el que el abuelo tenía una relación especial. Cada vez que creía encontrarse solo, lo cogía entre sus manos, con mucho mimo, y se enfrascaba en su lectura a la vez que anotaba cosas en su interior. Yo no entendía por qué, pero intuía que aquel libro era imprescindible para él y eso, inevitablemente, concentraba todo mi interés.

Aquel ejemplar de tapas diferentes y descoloridas siempre me llamó la atención, no sólo porque su tamaño sobresalía de todos los demás, sino también porque cada vez que alguien se acercaba, el abuelo lo cerraba con celeridad, para que nadie pudiera ver su contenido. Su actitud consiguió despertar en mí una curiosidad provocadora con la que, en alguna ocasión, intenté inútilmente desafiarle. Él nunca se enfadaba, sus respuestas siempre llegaban envueltas en una espléndida sonrisa.

–Muchacho, creo que tanta temeridad es poco adecuada a tus años –me dijo un día–y siguió sonriéndome de forma socarrona, mientras que mi curiosidad se desbordaba.

Durante algunos años más fui testigo de su adiós paulatino y seguí observándole sin comprender nada, mientras él se plegaba lentamente, permitiendo que las horas se deslizaran a su lado casi sin prestarles atención

Un penoso día de Mayo se fue sin despedirse, dejándome inmerso en la tristeza más absoluta.

Entretanto, yo seguí creciendo, rodeado de recuerdos y de sus libros, supervivientes silenciosos, que me hablaban con un lenguaje brillante, de sueños y aventuras a las que pronto me aficioné.

Pero aquel ejemplar, de tapas grandes y descoloridas, con el que él tenía una relación especial, siguió allí intacto durante mucho tiempo, porque yo no me atrevía a tocarlo, me producía sentimientos encontrados y un respeto inexplicable. Por un lado, me agobiaba la curiosidad, y por otro sentía como si con el hecho en sí de abrir aquellas tapas, mancillara los secretos más íntimos del abuelo.

Un lluvioso día de primavera, mientras el agua repiqueteaba sobre los cristales de la biblioteca, me vestí de coraje y tomé aquella reliquia entre mis manos a la par que cerraba mis ojos y buscaba en mi memoria la imagen difusa de mi abuelo. Mientras acariciaba su libro, un destello en el recuerdo consiguió iluminarle con clara nitidez, y por un instante mi aliento se detuvo. Cuando abrí los ojos nuevamente, todo se había esfumado, todo menos su libro, que seguía entre mis manos con la determinación inapelable de mostrarse ante mí.

Paralizado por la emoción que sentía en aquel momento, decidí mantenerme en la clandestinidad y ocultarme, con el fin de evitar interrupciones innecesarias y, como un furtivo, me dirigí a su rincón favorito para sentarme en una mecedora que llevaba demasiado tiempo cubierta de ausencia.

Allí mismo descubriría por fin el secreto que aquella reliquia había guardado durante tantos años.

Con una excitación desbordante abrí el libro lentamente, esperando… no sabía el qué.

Lo que nunca pude imaginar fue encontrarme con un manuscrito de aquellas dimensiones. Pasado el primer impacto mis ojos se deslizaron con avidez por cada renglón y un inusitado interés me hizo beber ansioso cada palabra escrita de su puño y letra. Sólo de vez en cuando me sentía obligado a levantar la vista para tomar aliento y musitar entrecortadamente, abuelo, mi querido abuelo.

A medida que iba leyendo, un zarandeo de añoranza agarrotaba cada vez más mi garganta, hasta casi impedirme respirar. Allí había montones de preciosos relatos en los que yo, y sólo yo, era el único protagonista.

Todo su contenido estaba dedicado a mi infancia, cada frase de aquel libro sacaba a pasear las obsesiones, los sueños y los recuerdos más entrañables de mi niñez, y en aquel momento comprendí que mi abuelo había querido construir, especialmente para mí, un mágico puente de cristal entre el olvido y la memoria.

Tomé aliento, sentía que me faltaba el aire. Mi pulso estaba desbocado, pero yo seguí leyendo con avidez, y cuanto más iba descubriendo, más se encogía mi estómago vencido absolutamente por el constante alarido de la nostalgia.

Tenía entre mis manos un auténtico tesoro. En cada página había una historia, un sentimiento, una lección magistral con la que quisiera convivir el resto de mi vida. Y en medio de todo eso, la perplejidad más absoluta me estaba indicando que un paseo por las sombras del pasado podía ofrecerme en bandeja de plata la llave de un futuro totalmente insospechado.

Gracias a mi abuelo aprendí que con un libro nunca me sentiré solo, nunca me embargará el tedio y podré vivir miles de aventuras diferentes enriqueciendo mi vida y la de quienes me rodean.

Si no tenemos la precaución de hacernos amigos de los libros –me repetía muy a menudo–el esplendor de los sueños puede terminar volviéndose opaco con el sentido práctico que dan los años.

Así era mi abuelo: brillante, maravilloso, y henchido de una tierna sabiduría con la que supo envolver cada momento que compartimos juntos. Hoy, después de tantos años de haber partido, y entre el barullo desordenado de mis recuerdos, he descubierto que me ha dejado en herencia lo más valioso que un ser humano puede poseer: la auténtica esencia de su espíritu.

Cada renglón de su libro rezuma una inmensa ternura que yo recojo gozoso y prometo entregar fielmente a toda mi descendencia.

El tiempo también escribe.

¡Va por ti abuelo!

Muchas gracias.