Humo

Su mundo estaba plagado de enormes chimeneas humeantes, gigantes e inagotables, de donde salía una espesa humareda y hacía que todo lo que le rodeaba estuviera cubierto de una gruesa capa de ceniza. El bruno hollín se pegaba a las chimeneas como la piel al cuerpo e impedía ver su naturaleza, así que con el paso del tiempo, todas las chimeneas le fueron pareciendo iguales.

Debido al humo, sólo alcanzaba a ver una docena de estas chimeneas, pero era consciente que había muchas, muchas más y de diversa índole; unas más altas y otras no tanto, unas con un humo denso y cargante y otras con humo suave e incluso aromático, unas más queridas y otras odiadas hasta la médula, pero al fin y al cabo, todas ellas expelían humo, el cual le impedía tener una vista clara de todo lo que le rodeaba. No obstante no todos los días eran iguales, pues en ocasiones podía ver más allá, aunque a duras penas lograba descifrar algo del entorno que le envolvía.

Sus días pasaban sin más y la dinámica era siempre la misma. Todo era humo alrededor, como una espesa niebla de diciembre y cada intento de ver más allá era impedido por esta. Debido a todo aquel humo, su antigua y admirable determinación se había convertido en infinitos “debería”, “podría” y “habría”.

Sin embargo un día, el hartazgo de tanto humo supero sus propios límites, por lo que decidió derribar las chimeneas, empezando por la que tenía más cerca. Sabía que tenía fuerza suficiente para derribarla, así que se remangó y comenzó a empujar aquella estructura. Nada más tocar la chimenea descubrió que no era de color negro, como a simple vista parecía, sino que era la capa de hollín la que hacía que pareciera negra: ahora sus manos estaban ennegrecidas y se podía descifrar el verdadero color de aquella chimenea. Había olvidado que un día, hacía ya mucho tiempo, era de un intenso y bonito color rojo y que el humo que salía entonces era tenue y embriagador.

Mientras se miraba sus tiznadas manos, empezó a recordar el origen de aquella chimenea como si se tratara de un recuerdo evocado por el olor, el cual se graba en la memoria de una forma especial. Acto seguido, y con su rostro lleno de lágrimas, se quitó lentamente su camisa y comenzó a frotar suavemente la chimenea dejando ver poco a poco su color y una inscripción donde podía leer el nombre de su pareja.

Poco a poco se iba dando cuenta de lo que estaba pasando: con el paso del tiempo todas las chimeneas le terminaron pareciendo iguales, pero no era así. El tránsito de todos aquellos días grises borró de su memoria que algunas de las chimeneas le eran imprescindibles. Estaba triste por haber intentado derribar la chimenea que representaba a su amor, pero a la vez alegre por no haberlo logrado.

Tras secarse las lágrimas su rostro cambió y, de repente, su esfumada determinación volvió a su ser con fuerzas totalmente renovadas; ahora era de nuevo la persona que un día fue.

Se dispuso a acabar con aquella situación, así que se dirigió una por una al resto de chimeneas con su ya sucia camisa en mano y comenzó a limpiar el hollín de cada una de ellas, y tras comprobar su naturaleza iba derribando aquellas que no le interesaban, empezando por las que representaban elementos fútiles como la chimenea de la televisión o la de los periódicos que últimamente emitían un tóxico humo amarillo. También derribó alguna chimenea que, a pesar de ser en cierto sentido útil, su humo le estaba asfixiando, como la chimenea del trabajo y alguna que otra “amistad”. Así, una tras otra, fue limpiando su mundo de aquellas chimeneas que lo intoxicaban y, a pesar de que las que quedaron en pie aun expelían algo de humo, este no era suficiente para nublarle ni su vista ni sus pensamientos. Ahora lo tenía todo claro.

Y tú… ¿aún no te has dado cuenta de todo el humo que te rodea? ¿A que esperas para derribar las chimeneas que no necesitas?