A un niño africano

Año dos mil doce y aún sigue ahí, sumergido en una pesadilla, comenzando su niñez aterrado, mientras unos hombres armados apuntan sobre su inocencia, vomitándole a la cara el exceso de avaricia que les mueve; y él, con su silencio revelador, muestra la sumisión del superviviente gritando en silencio a un mundo ensordecido por la indiferencia, que en nombre del progreso sigue permitiendo que la mina engulla cada partícula de su vida, devorando sus años más hermosos, a la vez que las llagas de sus pequeñas manos vierten lágrimas rojas en la empuñadura del pico con el que, cada día, arranca el preciado coltán, para todos los que premeditadamente, ignoramos su existencia y quemamos sus sueños.

Año dos mil doce, siglo veintiuno y el niño africano, esa perla negra de mirada inocente y dolorosa resignación, sigue con su cabeza inclinada sobre el mineral, sin atreverse a levantar los ojos, por miedo a los verdugos que le hacen trabajar con métodos infrahumanos, obligándole además a tomar cada día venenosas dosis de radiaciones que sustituyen sus comidas. Con el rostro melancólico, siempre escoltado por los ladridos de la injusticia, no se atreve a dar un paso al frente para rozar con la imaginación un pequeño trozo de esperanza que le ayude a existir.

Desacostumbrado a la convivencia con ningún tipo de derechos, el día que un amago de sonrisa intentó besar sus labios, conoció el verdadero sabor de la derrota y sacudió su cabeza para alejarse de aquella extraña y prohibida sensación.

Año dos mil doce, casi dos mil trece, siglo veintiuno: los gestos de socorro de los niños enmudecidos por el terror, se ahogan entre olas de desdicha mientras millones de seres humanos seguimos mirando hacia otro lado…